Vimos llover las piedras toda la tarde, acurrucados debajo de una cobija que habíamos comprado fuera de la ciudad, enamorados.
Huir sería inútil, sabíamos que el mundo no escaparía a esta tormenta. Mejor quedarse en casa a disfrutar de la vista.
Cayeron hasta bien entrada la noche.
No sé bien el color que tomó el amanecer, pero cuando éste llegó, mis dedos descansaban entrelazados con los tuyos.
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